Postura religiosa advierte que las relaciones en el matrimonio solo deben ser cara a cara y para la procreación
Una estricta doctrina sobre la intimidad conyugal sostiene que el acto sexual fue concebido exclusivamente con fines reproductivos y no para la búsqueda de la lujuria. Según este planteamiento, alejarse de la posición tradicional cara a cara transforma el matrimonio en un espacio de dominación y desviación moral. Asimismo, se advierte que las esposas que recurren a estas prácticas enfrentarán un juicio divino tres veces más severo que el de las prostitutas.
De acuerdo con preceptos religiosos rigurosos, el propósito fundamental de las relaciones sexuales se limita estrictamente a la procreación y a la llegada de los hijos. Desde esta perspectiva, cualquier uso de la intimidad enfocado en la lujuria resulta inaceptable ante los mandamientos divinos. Por ello, se enfatiza que la pareja no debe caer en comportamientos o modas que desvíen el sentido sagrado con el que fue establecida la unión entre el hombre y la mujer.
Dentro de estas directrices, se establece que existe una sola posición permitida y aprobada por Dios para llevar a cabo la unión íntima: el hombre arriba, la mujer abajo y mirándose cara a cara. Esta postura, identificada como la del misionero, fue la enseñanza impartida durante los procesos de evangelización frente a las costumbres que mantenían los aztecas, quienes recurrían a posturas de espaldas y a otras modalidades rechazadas por las autoridades religiosas.
Cualquier otra variante postural es catalogada como una tontería que deforma la conducta humana. Prácticas conocidas bajo nombres populares como el candado, el chivito al precipicio o el uso del columpio son rechazadas de manera tajante. Se señala que exigir o aceptar este tipo de actos coloca al marido en una condición peor que la de un animal, despojando a la relación conyugal de toda dignidad espiritual.
El análisis también cuestiona la influencia de la cultura popular y de la música grupera, cuyas expresiones promueven el protagonismo femenino en la intimidad. Aunque muchos hombres aceptan estas dinámicas pensando de manera astuta que se trata de simple diversión, se advierte que en realidad es un mecanismo mediante el cual la mujer termina ejerciendo un dominio total sobre el hombre.
Esta dinámica de dominación provoca que los esposos terminen siendo tratados de forma sumisa, comparándolos con mascotas o gatitos a los que se les imponen condiciones. En este contexto, se critica que las esposas utilicen el chantaje para manipular al marido, condicionando el encuentro íntimo a la entrega de dinero o al cumplimiento de exigencias materiales, lo que degrada el vínculo matrimonial.
La postura establece una dura comparación entre las mujeres casadas que incurren en la lujuria y las personas dedicadas a la prostitución. Se explica que las trabajadoras sexuales recurren a esa actividad impulsadas por la necesidad económica, la insuficiencia de los sueldos en empleos formales y la obligación de llevar alimento a sus hijos, teniendo que soportar a hombres horribles y descansar en camas de alambre.
Por el contrario, se recrimina a las esposas que, gozando de comodidades como una cama tamaño king size y un cónyuge agraciado, utilicen el espacio matrimonial para realizar actos indecorosos a cambio de dinero o beneficios. Para este discurso, la conducta de estas esposas resulta éticamente peor, ya que pervierten su hogar por puro placer y conveniencia.
Finalmente, se advierte que las esposas que convierten el matrimonio en un lugar de lujuria y desatención espiritual serán juzgadas y condenadas tres veces más que las propias prostitutas. La sentencia concluye que utilizar la institución del matrimonio para la satisfacción carnal desmedida acarrea el más alto castigo divino.